23 de abril de 2010

Capítulo 1 - Esquizofrenia

Domingo, 8 AM

Mary terminó de recoger el desayuno después de “Molinos de viento”, un programa de radio que hacía años que escuchaba todos los días. Cruz saltó ágilmente a la encimera, posando suavemente las almohadillas de sus patas sobre el mármol. Mary le acarició desde la nuca hasta la cola repetidas veces, y se dio la vuelta, caminando hacia su habitación. Contempló la gran cristalera que ocupaba toda la pared izquierda del salón. Era algo que todo humano querría desear. Era como una ciudad encerrada en una cúpula, una bola de cristal gigante. La puerta de su habitación estaba entreabierta, y a ambos lados se podía observar todo el esfuerzo que Mary había invertido todos estos años en soledad. Lienzos pintados por sus propias manos. Cruz solía ser el protagonista. Aquel bello gato que acompañó a Mary durante tanto tiempo había sido su fuente de inspiración. ¿Quién necesita amigos, familia, pareja o similares viviendo con esos ojos cegadores? Hacía rato que Cruz la seguía, observando sus movimientos. Los ojos del peludo animal eran blancos, normales como los de cualquier otro gato, pero con un brillo especial. La gula y la avaricia se reflejaban en el destello de sus ojos, y en la noche deslumbraban... y salían a cazar.
Mary odiaba limpiar. Su cama estaba deshecha en medio de la habitación, obstaculizando el paso junto con diversos objetos que aún estaban en el suelo. Encendió la radio. Tarareaba suavemente canciones de Los Beatles mientras rebuscaba por los cajones.

-¿Qué buscas? -maulló Cruz.
-Busco la llave que nos abrirá paso al nuevo mundo, Cruz. Recuerdo que la dejé por aquí, en alguna parte... si no tuviera todo este desorden... -resopló-
-¿Esquizofrenia? -bromearon los ojos del gato.
-¡Cállate, maldita sea! -gritó Mary- Yo no he estado toda mi vida en este lugar. Me otorgaron la llave, y vine hacia aquí. Quería observar a esta gente, Cruz. Quería... enseñarles que hay vida más allá de las pantallas de su ordenador, de venezolanos con historias imposibles en la televisión... quería que supieran que correr detrás de una pelota no es lo más importante en este mundo. Y ahora... no puedo volver -Mary cayó al suelo, con el cajón en sus rodillas- ¿Dónde está la jodida llave, Cruz? ¿Dónde demonios la metí? Quiero volver a casa... -susurró mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas- Pero no importa, Cruz. No importa, porque... cuando tenga la llave de nuevo en mi poder, sólo tendré que encontrar la puerta. Y cuando encontremos la puerta, Cruz... Oh, Cruz... vendrás conmigo al nuevo mundo. A mi mundo.
-Hola, esquizofrenia, ¿me estás hablando de un mundo perfecto?
-No, Cruz. Allí no todo es perfecto. Es igual que esto, pero otra dimensión. Otra forma de ver la vida, otra gente, otros... paisajes para pintar. Allí el cielo es verde... ¡o rojo! Del color que quieras pintarlo. Puedes trepar por los arco iris y bajar corriendo, sentado o en patinete. ¡O corriendo encima de un patinete! En mi mundo la vida es como tú quieres que sea... y dentro de poco será nuestro mundo, Cruz.
-Ya lo entiendo... -asintió Cruz.
- ¿Sí?¿De verdad? -los ojos de Mary brillaron de ilusión- entonces, ¿me ayudarás? Muchísimas gracias, Cruz... Gracias por entenderme... Porque me entiendes, acabas de decirlo... ¿verdad?
-Claro, te entiendo. -Cruz sonrió y miró a Mary a los ojos- Te pinchas.

Mary bufó y levantándose volvió a colocar el cajón en su sitio.
-Jodido gato -murmuró.

Cruz sacó las uñas y arañó el armario en señal de protesta. ¿Quién se había creído que era para hablarle así?


Lunes, 01 AM

Mary pasó toda la tarde regañando a Cruz a cada paso que daba, dándose golpes contra las paredes, mirando la hora, atrasando y adelantando relojes, saltando sobre las mesas, lamiendo la cristalera y sentándose encima del piano. Uno de los golpes le había abierto una brecha en la ceja, y otra en la frente. Sin embargo, cuando la sangre llegaba hasta sus labios, la lamía y se pasaba las horas intentando llegar con su lengua hasta la herida para poder curarla. Había perdido el control sobre sí misma. Hacía tiempo que lo había perdido. Se cambió de ropa treinta y cuatro veces para mirar si la llave a su paraíso estaba dentro de los bolsillos de los vaqueros que nunca se quitaba. Estaba obsesionada y totalmente convencida de que había una llave capaz de hacer que saliera al exterior. Y no estamos hablando de la calle. Hablamos de otro mundo: un pasaporte para llegar a Marte. Los vecinos pensaban que estaba loca. Mary reía. Mary reía a cada paso que daba. Esta vez estaba en su habitación, agarrada al alféizar de su ventana, con la sangre seca y las heridas cicatrizadas. Aún brotaba un poco de sangre que no tardaba en fundirse y secarse con el resto. La camiseta estaba completamente roja. Debería de haber perdido más de medio litro de sangre... y reía. Reía con fervor mientras contemplaba las estrellas. La luna se reflejaba en los ojos de la pequeña Mary Lou. Tenía siete años, aunque ella afirmaba tener treinta y cuatro, como las veces que se había cambiado de ropa aquella tarde. Y no podía parar de reír. El dolor ya era tan intenso que apenas lo notaba, y eso hacía que riera más. Los pulmones le ardían, y su diafragma no daba más de sí. Su garganta estaba enrojecida y su voz quebrada. Las lágrimas de felicidad acumulada que habían desbordado sus lagrimales se mezclaron con la sangre de las brechas, que empezaban a infectarse. Y lo más importante no era eso, sino que nadie había tenido el valor suficiente para acercarse a Mary Lou. Y no era por sus grandes ojos, por su siempre presente sonrisa o por su largo, enmarañado y lacio cabello. Era porque, cada vez que alguien entraba en su campo de visión, no era capaz de escapar de la "felicidad" de Mary. Cruz se limitaba a suspirar y a elevar la cola delante del espejo. Era gracioso. Tenía la cola completamente blanca, y al verse con ella en todo lo alto no podía evitar sonreír. Cruz era feliz en su pequeña bola de cristal. Mientras tanto, Mary ya había dejado de reír. Estaba durmiendo. Cruz saltó a la cama para contemplarla unos segundos antes de marcharse. El pelo de la joven había entrado en la herida, y esta había cicatrizado sobre él. La costra era negra y mugrienta, con trozos de pintura y unos cuantos cabellos de Mary dentro de ella. Cruz suspiró y saltó suavemente hacia la ventana. Observó a la rubia con dulzura, como un padre que mira a su hija plácidamente dormida después de todas las trastadas que ha hecho a lo largo del día. A continuación, sin hacer ruido, saltó al jardín y se perdió en la oscuridad. Mary seguía soñando. Una parte de ella aún buscaba la llave, pero era tan pequeña, insignificante y minúscula que nadie podía verla. Cruz saltaba de tejado en tejado, buscando una cura para su enfermedad.
Estaba loca.